El despertar de la sangre: capitulo cuatro

 El Caballero de Erion

Hermenegildo había crecido tras los cómodos y seguros muros del Bastión de Luz; El había sido el segundo hijo, el no esperado, pero necesario respaldo; Su vida habia sido convocada "por si acaso". Pero eso jamas le hizo dejar de querer a su hermano, ni ansiar cosas para las que no habia nacido; nunca portaría el peso de la corona, las canciones nunca hablarían de sus hazañas, ni sus hijos continuarían su real linaje.

Pero no le importaba. El entendía que su lugar estaba cerca de su hermano, y futuro rey. El seria no solo su hermano, su amigo, su confidente, sino su mano derecha.

De niño, le encantaba recorrer los pasillos del castillo donde estaban situados los retratos enmarcados en perlas de oro hilado, de los paladinos de su familia; Hermenegildo no quería ser solo un paladín. Un caballero recto. Honorable. Gran luchador; Quería llegar a ostentar el tirulo de "Mar", solo habían habido doce mares en toda la historia de las tierras de "Prados Verdes", ese hermoso territorio verde, arbolado, sin remarcables montañas, solo algunas colinas poco escarpadas.

Hermenegildo había sido dotado de formación militar. Estrategia. Negociación. Modales exquisitos. Cartografía. Otras lenguas... pero nadie jamás había podido explicarle porque ningun ser proveniente de sus tierras no tenia magia.

No había magia, ni criatura que fuera magica. Y allí tampoco funcionaba la magia.

Había preguntado a su padre, a los consejeros reales, a sus maestros, pero nadie parecía querer decirle el porque. Así que un día, le pregunto a su hermano. Leonardo, le conto al oído un secreto. Desde sus labios rosados y carnosos. Mientras su piel blanquecina se movía, al compas de sus palabras, sus ojos de azul casi blanco refulgían, y su cabello negro como el azabache brillaba.

Le explico donde aprendían los futuros reyes. Le dijo donde estaba la fuente del conocimiento. Y le indico en que parte de los jardines del palacio estaban las repuestas a todas sus preguntas.

Aquella noche, Hermenegildo corrió hasta los jardines. ¿Aquella pequeña edificación era la cuna del conocimiento ancestral de los antiguos reyes? Era vieja. Muy vieja. No tenia ventanas. A penas se podrían meter una mesa y unas sillas. Y en una parte habían dos viejas criaturas, distintas entre si, talladas en antigua piedra; Una tenia las fauces medio abiertas y la otra sostenía una mano ajena y extraña, la sostenía con la palma hacia arriba.

Hermenegildo trago saliva. Y metió la mano en las fauces de la bestia; Al principio, no paso nada. Y cuando ya iba a retirar la mano, sintió el dolor punzante de algo atravesando su dedo y derramando su sangre.

Los ojos de la criatura, desgastados por el paso del tiempo, le observaron. Y sobre el circulo que había entre ambas criaturas brillaron unas palabras en un idioma desconocido. Y la roca simplemente desapareció. No se movió nada. Solo desapareció, dejando ver una entrada redonda a un enorme lugar. ¿Como? ¿Pero si por fuera era minúsculo?

La criatura hablo en varias lenguas y una si la reconoció: "Felicidades, el Nemora ha aceptado su sacrificio. Bienvenido a la cima del conocimiento. Joven rey Hermenegildo" y el joven entro. Y cuando la voz le pregunto que deseaba saber, el niño respondió "todo sobre los paladines que hayan habitado las siete torres"

Y la arena de las paredes se movió. Modifico su color y su textura. Y ante el aparecieron imágenes reales y en movimiento de todos aquellos valientes guerreros; El Nemora le pregunto si deseaba activar el sonido, y el niño dijo que si. El Nemora le preguntó si lo deseaba en el idioma natural o si deseaba que las voces se hallaran en común. Y el niño lo escucho en ambas. Y así estudio a todos los paladinos y a los Mares que habían existido, su ascendencia y su descendencia.


Muchos años pasaron desde entonces. Ahora Hermenegildo era todo un hombre, a sus diecisiete años ya hubo marchado a luchar con su padre a varias contiendas, y era muy admirado por su técnica en el campo de batalla, pues no había maestro capaz de explicar de que manera usaba la espada o como era capaz de, aun con la pesada armadura, moverse con esa rapidez y flexibilidad entre los enemigos.

En la ceremonia de coronación de su hermano Leonardo, colgaron los estandartes de la familia real, en tonos dorado, rojizo, azul y verde. Con el emblema de un oso sosteniendo una manzana de plata,, delante de un arbol de profundas raices, que se transformaban en peces, y a los lados del oso dos leones con cara seria sosteniendo una espada en las fauces.

Mientras paseaban por la ciudad de adoquines minerales, las gentes les lanzaban claveles (flor tipica de su región) desde las ventanas.

Y en las repletas calles, el gentío casi parecía contener la respiración al paso de las pezuñas de su txul-txul, su hermano y el se miraron varias veces. Cómplices mudos de la dicha absoluta. Prestigio para la corona. Bienestar para el reino.

El banquete recibio muchos invitados, pero las seis sillas de las otras tribus estaban vacías.


Hermenegildo fue muy feliz ese dia, por su hermano, por su reino, por su familia. No podría haber un rey mejor.

Pero cuando todo acabo, su padre los mando llamar a los dos. Con premura fueron a la sala donde solo trataban los asuntos de estado mas secretos y mas delicados. Allí solo estaban los mas allegados consejeros. Hermenegildo, saludo con una estrechar de manos a Erneesto, Roberccio y Donaio.

Y su padre les explico que habían detectado a un cambiante; El rostro del Rey Leonardo, feliz por su coronación, desapareció en una mueca de autentico miedo.

Todos conocíamos las historias. Un cambiante es un ser maldito. Una criatura que no esta ni viva, ni muerta. Puede tomar la forma de otro, bebiendo su sangre o comiendo su carne; Si la criatura maldita, necesita usar mucho tiempo esa falsa identidad, deberá conservar vivo a su objetivo, para poder sorber su vitalidad y así mantener su disfraz.

Y fue entonces, cuando le dijeron que había escapado de prados verdes, y había huido a las Tierras Secas, pasando seguramente por los Paramos Sombríos. La misión de Hermenegildo era localizarlo y averiguar sus intenciones para con su rey y darle muerte, o llevarlo a Prados verdes, para que allí le sacaran toda la información.


Hermenegildo no cabía en si de la felicidad. Por fin podría demostrar su valía por si mismo. Y además, ayudaría a su hermano, a su reino, a su pueblo.

Ensillo a su txul-txul, aunque el reptil le miro con odio.

-Se bueno, es nuestra primera misión. Debemos ser rápidos, astutos y sigilosos.- Le dijo el joven príncipe. Pero el saurio, le miro, disconforme. Sus ojos amarillos, remarcaron su odio, mientras escupía saliva acida a modo de rebeldía. 

Hermenegildo llevaba diez años estudiando a su montura. Sus padres le procuraron un profesor, uno venido de las tierras del fuego, que le enseño mucho sobre esos reptiles voraces y malhumorados.

Lo primero que le explico su maestro, fue que los txul-txul eran descendientes lejanos de los dragones; Y por ello compartian algunas caracteristicas como la inteligencia. La soberbia. O el criterio propio, y es que cada uno de ellos era distinto, y no se les podia obligar a hacer algo que no desearan. Hermenegildo debia aprender a entender a su montura, pues ella podia ser la diferencia entre la vida y la muerte en algun momento.


 Hermenegildo, saco a un conejo de su zurrón y se lo lanzo al aire, la cabeza de la montura se abrió hacia los lados y su larga lengua atrapo al roedor vivo al aire, y lo introdujo en su cabeza abierta, con sus ojos mirándolo todo. Y ambos pusieron rumbo tras la pista del malvado.









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